Ocio

Mokaccino con canela (Casual y agradable descubrimiento hecho en Starbucks) y "¿Dónde están mis cigarros?.... ¡Ah, ahí!... Entre el control remoto del helicóptero y la harmónica". Y recuerdo que soy un niño que juega a ser músico cuando se siente inspirado y que, una tarde de Domingo como hoy, luego de haber dormido hasta las 3 P.M. y haber almorzado pastas, se educa emocionalmente viendo "He's just not that into you" ("Simplemente no te quiere"), una en verdad simple película mezcla de "High fidelity", "Love actually" y "Definitely, maybe". En realidad, parece una antología de las distintas formas en que se puede meter la pata interpretando las (múltiples) señales dadas por la gente y de cómo sentirse herido pensando demasiado en cosas que, al final, resultan sencillas.

Pero una lección es fácil de sacar en limpio: "Si quiere hacer que pase, lo hará sin importar cómo". Aplicable, "totally" (como repiten cada 2 segundos en la famosa película), a cualquier situación. El gran problema acá es que (y al parecer esto es a nivel mundial y no sólo en mi querido Chile) NADIE dice las cosas de frente, por lo tanto, estamos condicionados, desde que comenzamos a tomar conciencia de que hay un completo mundo a nuestro alrededor, a andar interpretando señales. Y no lo hago por apoyarme en el prólogo de la película, donde la niña de unos 6 años se pone a llorar porque el niño le dice que está hecha de caca de perro y la mamá lo justifica diciendo que lo hace porque le gusta ella (no la caca, sino la niña), sino porque es cierto. Nos acostumbran, tanto como a pensar "en negativo", a esperar señales de los demás. Nos convierten todo en la ansiedad de no saber, finalmente, si las estamos interpretando bien o mal, y de no saber, finalmente, qué es lo que está pasando. Qué es lo que, en nuestra propia vida, está pasando.

La película termina. Casi todos terminan felices. Y los que no, como dice el epílogo, "Quizás el final del viaje termine contigo picking up the pieces and starting over". Quizás el final del camino consiste en encontrarse con uno mismo y dejar de estar esperando una señal. Lo importante, es seguir luchando sin perder la esperanza.

Hace un par de meses pasaba desapercibido entre las personas normales. Un poco estresado, pero un normal más. Con algunos problemas normales, con desafíos normales, cometiendo errores normales. Era un normal atado de nervios y de ansiedad. Y llegó ella a despertarme la ansiedad de esperar sus llamadas, su llegada, su saludo. Y me subió a una montaña rusa emocional que, de pronto, paró en seco. Y la ansiedad de esperar sus llamadas, sus apariciones, continuaba y, como ella ya no quiso estar, destinada a estar eternamente insatisfecha.

Y aquí me encuentro ahora. Recogiendo los pedazos para volver a comenzar. Armando el castillo de naipes que algún día alguien soplará y volverá a derrumbar. Al final, enamorarse quizás de armar eterna e infinitamente un castillo que tarde o temprano va a caer, mientras se espera que la próxima compañía estornude vuelta hacia otra parte. No exigimos que nos ayuden a armarlo, sólo agradeceríamos que no llegaran a desarmarlo.

Y este niño, que juega a ser adulto y que mucho entiende de la vida y loco se vuelve en su cruda conciencia de la realidad, se cayó a un frasco de pastillas de esas que adormecen el alma. La ansiedad está calmada, la pena inexplicable y todo eso. El atado de nervios está deshecho. Esta es un alma que ya no se siente mal... Pero que tampoco se siente bien.

Parodiando a Pink Floyd: "Unconfortably numb".

 

Eso sería por esta noche.

Me perdí un tiempo.

Me perdí bastante tiempo. Pero ahora estoy de vuelta y con agrado descubro que sólo un artículo mío de acá tiene más visitas que las de todos mis otros blogs sumadas. Así es que seguiré escribiendo acá. Aprovecharé que una malvada mujer (también las hay MALVADAS) me borró cuenta de gmail, de feisbuc y de todo lo que pueda tener una cuenta, y me dedicaré sólo a esto.

 

Y los príncipes azules no están extintos. Todavía intentamos dar la batalla, pero es tan difícil que nos escondemos. No somos cobardes. Somos inteligentes, y conocemos el Arte de la Guerra. No salimos a batallar si el tiempo no está de nuestra parte.

 

|

Comentarios

demás está decir que los prinicipes azules también se aburren de serlo en un mundo normal, nos aclimatamos a la normalidad para camuflarnos, pero no dejamos de existir. Aun así  tiene eso un precio emocional, adoptamos carácteres pragmáticos del libertino asqueado, del que entiende lo que otros no entienden que esta pasando por sus cabezas y lo usamos a beneficio personal [que se comprenda bien, como defensa contra estacas al corazón, no como mera manipulación tipo Vizconde de Valmont] y aunque no lo digamos, nos dignamos a fortalecer los ciemientos del castillo que han dinamitado anteriores oportunidades y no partimos de 0, aunque nos damos nuevas oportunidades, pero ya perdimos parte de nuestra naturaleza. Lean entre líneas, podría parecer que son prosas de un desencantado del amor, pero quizás este bastante más cerca de la realidad como no la desconocemos y creemos haberla dilucidado. Dejo espacio a la duda respecto de los algo resignados Don Juanes de Marco que ahora deben cubrirse no con la capa y el antifaz, sino con un traje gris de oficinista y adaptando la filosofía corporativa de esta sociedad de instantaedad y superficialidad.

Coincido con O. C. Burgos al final de este artículo, parafraseándolo "los príncipes azules no están extintos. Todavía intentamos dar la batalla, pero es tan difícil que nos escondemos. No somos cobardes. Somos inteligentes, y conocemos el Arte de la Guerra. No salimos a batallar si el tiempo no está de nuestra parte".

Responder

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS

Comentarios recientes

Cerrar